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El Gato NEGRO
Reflexiones de Vida

El Gato NEGRO

11 min

Historia del Gato Negro 

El pequeño extraterrestre

Se decía que había un gato atrapado en el motor de un coche. Efectivamente, estaba allí.

Las personas se acercaban al vehículo por los maullidos. Algunos pobladores habían intentado sacarlo durante horas. Todo había comenzado desde la mañana del sábado 13 de septiembre de 2025 y, cuando yo me enteré, ya eran aproximadamente las seis de la tarde. Para ese momento, el dueño del auto había decido mover el vehículo de lugar, para dejar el capot abierto y permitir que el gato saliera por sí solo si así lo quería. Pero nada.

Cuando vi la situación, a la altura de las 18 horas, había dos personas junto al carro intentando ayudarlo. Me acerqué y les dije:

—Denle comida húmeda; de pronto sale y lo pueden coger.

Entonces corrí a la casa, traje una lata de atún en aceite de oliva, la abrí y la pusieron sobre una superficie estable del auto para que el gato pudiera comer.

Yo tenía que hacer algunas diligencias, así que me fui.

Regresé hacia las 21 horas. Entré a casa y saqué a pasear a Ami, nuestra perrita -adoptada en Portugal- pero esa es otra historia; que luego les cuento si les parece.

Cuando regresaba del paseo con Ami, alrededor de las 21:30, una señora me preguntó si yo era quien había llevado la lata de atún.

—Sí —le respondí.

Entonces me preguntó:

—¿La lata estaba nueva o ya estaba usada?

Le contesté:

—Nueva, recién abierta para el gato.

Ella me dijo:

—Ah, entonces sí ha comido, porque ya parece comida y va por la mitad. Yo le he puesto agua, he intentado ayudarlo, pero no se deja coger. Lo pude ver, es pequeño, pero no se deja coger ni me deja acercar.

Me explicó que llevaban todo el día intentando sacarlo del motor del coche.

—Entonces, ¿todavía no lo han podido rescatar? —No, dijo la señora.

Le dije:

—Bueno… ya será.

Me despedí, llegué a casa, limpié a Ami, le di de comer y luego me dirigí directamente a esa energía creadora, programadora, dimensional, la máquina… Dios, o como cada quien quiera llamarlo.

Le hablé a esa fuerza que siento que nos sostiene, nos acompaña y nos vigila con propósito.

Y le dije:

“Si está en mi contrato ayudar a ese gato, aquí estoy. Voy a ir a rescatarlo. Y si realmente debo hacerlo porque así lo contraté, ayúdame a actuar con bondad, empatía, solidaridad y amor. Permíteme hacer las cosas como deben ser”. Sólo abre el camino si todo la situación es para bien.

Lo cuento tal cual lo viví y lo dije.

Bueno, quizás dije Dios. Quizás dije Padre Azul. Quizás dije Creador. Ya no recuerdo exactamente. Pero esa fue la comunicación que salió de mi ser con la maquina.

Entonces le dije a nuestra hija:

—Hijaaaa, acompáñame a rescatar un gato. Ella ama los gatos.

En casa dijeron:

—¡No! ¡Gato noooo!

Pero, sinceramente, no prestamos mucha atención.

Nos fuimos siguiendo la intuición.

Al salir, y llegar a la altura del coche empecé a maullar como una gata. No sé de dónde me salió, pero maullaba perfecto… y el gato empezó a responderme.

Yo le hablaba y él me contestaba.

Entonces le dije:

—No te voy a hacer daño. Ven… solo quiero ayudarte. Idioma gato.

Y, de repente, se paró sobre mi mano.

Cuando lo sentí, entendí que era demasiado pequeño y lo solté inmediatamente. Me dio miedo lastimarlo o estrujarlo.

Hijita alumbró con la linterna y le dije:

—No me lo vas a creer… es un GATO NEGROOOOO.

En el pasado, ella había estudiado la historia de los gatos, desde el antiguo Egipto hasta la actualidad, y había expresado con tanto ímpetu, emoción y convicción la sabiduría adquirida, que pensé: “Si algún día vuelvo a tener un gato, quiero que sea negro”.

Y voilà… estaba sucediendo.

La manifestación inesperada de un deseo implícito, sutil y delicado, pero tan poderoso como el brillo efímero de una estrella fugaz y la serendipia de descubrirse observador de aquel hallazgo.

Es alucinante comprender que la vida, a veces, escucha incluso aquello que apenas nos atrevemos a susurrar en silencio.

Era diminuto.

Tan pequeño que no sabía si sería capaz de cogerlo sin hacerle daño.

Entonces le dije hija:

—Párate a la izquierda y yo me pongo a la derecha.

Me metí debajo del carro, literalmente como un mecánico, y empecé nuevamente a maullarle.

Él me respondía.

—Ven… mira que ya viniste una vez y no te hice nada. Solo quiero ayudarte. Nosotros solo queremos ayudarte.

Y volvió a pararse sobre mi mano.

Esta vez lo cogí con una pequeña toalla, pensando en que quizás me rasguñaría.

Tiempo atrás, habíamos rescatado otro gato —blanco, peludito con un ojo azul y otro verde— que terminó siendo nuestro amigo durante años, hasta que tuvimos que darlo en adopción. Y recuerdo perfectamente que nos arañó cuando lo sacamos de un rosal lleno de espinas.

Por eso esta vez fui más cuidadosa.

Pero este gatito era tan pequeño… tan diminuto… que cabía entre mis manos. Nos maullábamos mutuamente, lo puse en mi pecho…le dije escucha mi corazón…yo también estoy asustada. No tenía uñas me pareció extraño.

Lo llevamos a casa.

Y aquí viene el contexto.

En algunas partes de Europa tener una mascota es complejo por los costos y las regulaciones. No es como en muchos lugares del Nuevo Mundo, donde los perros y gatos viven de callejeros andan libremente por todos lados, sin dueño, nunca van al veterinario, nadie los registra ni les pone chip.

Aquí, por lo menos donde estamos, todo es mucho más regulado.

Y a nosotros nos gusta hacer las cosas correctamente.

Por eso, cuando entramos a casa, la respuesta fue inmediata:

—¡No! ¡NOOOO! ¡Gatos no!

Además, ya habíamos rescatado una perrita.

Las palabras exactas fueron:

—No queremos gato. No hay posibilidad de gato. No más gastos…ir al veterinario es una pasada.

Y yo pensaba: “Ay no… espérate. De pronto te encariñas”.

Solo míralo.

Paso seguido. Lo bañé.

Y cuando empezó a caer el agua entendimos lo grave que había sido todo. Estaba roja la piel.

El gato era negro… pero el agua salía negra, negra, negra, completamente negra por toda la grasa y el hollín del motor.

Estaba más negro aún que su propio pelaje.

Cuando terminó el baño y lo secamos, quedó como la Pantera Rosa cuando salía de la lavadora… el pelo parado…divinooo. Si eres del siglo pasado sabes perfectamente a qué me refiero.

Ya bañado le tomamos foto y pusimos un anuncio de adopción y apareció una persona interesada.

Pero mientras lo observábamos mejor, vimos que estaba muy quemado.

Tenía la cola partida, las garras afectadas, por eso no tenía uñas, los bigotes quemados y la boquita lastimada.

Entonces dije:

—Bueno, sí se puede dar en adopción pues así será… pero primero debemos alimentarlo.

Y le hablé al gato.

Sí, literalmente le hablé.

—Hermano, ayúdame. No te vayas a orinar ni a hacer popó por toda la casa. Mira, aquí está esta servilleta, este es el baño. No hagas nada de tus necesidades fuera de esta servilleta que esta aquí, solo usa este espacio ¿listo?

Y el gato hizo exactamente lo que le pedí.

Yo no podía creerlo. Alucinante. El gato me entendía todo.

—¡Wow! Este gato es de otro mundo, pensé.

Mi marido lo miraba y decía:

—Ese gato está enfermo. Tiene algo raro.

Y luego añadió:

—No lo vamos a entregar hasta llevarlo al veterinario.

Así que pide porfa una cita.

Era sábado y, como aquí todo funciona con cita previa, nos dieron espacio para el lunes 15 a las 7 de la tarde.

Mientras tanto, mi marido dijo:

—Ve y compra arena y comida para gato… pero no nos vamos a quedar con él. Solo es para que esté bien.

Y yo:

—Siiiiii, lo que tú quieras. La maquina hacía guiños de complicidad.

Mientras tanto, yo seguía hablándole:

—Hermano, necesito que comas. Entra al baño donde te dije.

Y él obedecía todo.

Era divino.

Le escribimos a la señora interesada en adoptarlo y le dijimos que primero debíamos llevarlo al veterinario.

Le hice una cajita y allí durmió sábado y domingo.

Comía súper bien y hacía sus necesidades donde correspondía.

Llegó la cita.

La veterinaria dijo que tenía entre tres o cuatro semanas de nacido.

Pera este momento ya llevábamos 48 horas con él.

Mi marido hacía prácticamente todo.

Yo lo envolví en una cobijita y le dije:

—Vamos a ir al veterinario. Pórtate bien. Vamos a salir a la calle, pero confía en nosotros.

El gato maullaba suavemente.

Pero cuando escuchó el motor del coche, entró en shock.

Creo que ese sonido le recordaba exactamente dónde había estado atrapado.

Llegamos a la veterinaria.

Nos pidieron los datos de los dueños y pusimos el nombre de mi marido.

Él me miró y dijo:

—Es provisional.

Y yo sentí como si desde el cielo alguien otra vez nos guiñaba un ojo con complicidad.

La veterinaria confirmó que estaba muy quemado, pero no tenía enfermedades ni ninguna condición extraña.

Solo estaba extremadamente débil.

Tenía un ojito irritado y necesitaba muchos cuidados.

Nos dijeron que debíamos tratarlo como a un bebé canguro.

Había que darle leche especial, comida húmeda y esperar que las quemaduras fueran sanando poco a poco.

También le hicieron desparasitación y nos pidieron recoger muestras para análisis.

La cola estaba efectivamente partida.

Le pusieron una venda, aunque nos dijeron que probablemente terminaría perdiéndola.

No podían intervenirlo aún porque era demasiado pequeño para soportar anestesia.

Y así fue como terminamos cuidándolo.

Compramos arena.

Compramos comida.

Compramos todo.

Y aunque se suponía que debíamos entregarlo a las cuatro de la tarde a la señora interesada en adoptarlo…

Llegaron las cuatro.

Y el gato estaba profundamente dormido en el antebrazo de mi marido.

Yo ya le había dicho al gato:

—Hermano, si quieres quedarse, tienes que conquistar a mi marido.

Y claramente lo logró.

Hoy duerme en nuestra cama.

Es amigo fiel de Ami.

Nos alegra la vida todos los días.

Hace parte del hogar, de nuestra rutina y de todo lo que somos.

Con el tiempo le hicieron todos los análisis, le pusieron chip, lo castraron y ya tiene pasaporte azul.

Se llama Ikki.

Aunque yo le digo:

“Pequeño extraterrestre”.

La vida todos los días nos llena de bendiciones, si así queremos verlas o comprenderlas.

Solo hay que abrir los canales de la intuición y dejarnos guiar.

Confiar.

Los gatos negros no son más que grandes amigos vestidos de un color que muchos decidieron asociar con supersticiones.

Pero yo creo que el pelaje no es más que el disfraz de seres maravillosos que vienen a enseñarnos amor y humanidad.

Adoptar un animal —por difícil que parezca— es un acto de solidaridad que no tiene palabras.

Nosotros somos felices con nuestro pequeño extraterrestre.

Es un arquero increíble.

Y quizás algún día les cuente también la historia de su deporte favorito.

Seguiré escribiendo historias y haciendo videos de este gran pequeño extraterrestre.

Porque sí… es muy, muy lindo.

Y entendí algo importante:

No importa si un gato es negro, blanco, amarillo o gris.

Gato es gato.

Y el amor nunca debería tener prejuicios de color.

Para mí, un gato negro es una bendición.

Como también lo es la oportunidad de ayudar a cualquier ser vivo.

Ikki, incluso sin cola, juega a la pelota y llena nuestra vida de alegría.

Espero que algún día puedan verlo.

Porque realmente…

es un gato divino.

A veces creemos que la espiritualidad es algo lejano, complejo o imposible de alcanzar, cuando en realidad puede ser algo tan simple como respirar, observar, discernir, escuchar la intuición y tomar la decisión correcta en el momento preciso.

Ser mejores seres humanos empieza justamente ahí: en los pequeños actos de amor, empatía y solidaridad que nacen de manera genuina desde nuestro ser.

Ikki llegó a nuestra vida para recordarnos eso. Un pequeño gato negro, herido y asustado, terminó convirtiéndose en una oportunidad para crecer, sentir y despertar una conciencia más humana. Porque ayudar a otro ser vivo no transforma únicamente su destino; también transforma el nuestro.

A veces la vida nos pone enfrente situaciones simples que, sin darnos cuenta, terminan siendo grandes lecciones. Y quizá ahí está la verdadera espiritualidad: en elegir ayudar cuando podríamos ignorar, en amar cuando sería más fácil apartarnos y en comprender que todos los seres, sin importar su forma, color o especie, merecen cuidado, observación sin juicio y respeto y amor en la diferencia. Todos somos diferentes y esa divergencia nos hace lo que somos.

Amar es una elección de vida.

Tal vez rescatar a otros también sea una forma de rescatarnos y amarnos a nosotros mismos.

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