
Los conjuros del cutis-Elixir de Felicidad
Hay momentos en que no nos hallamos, pero sentimos que la apariencia es indispensable para poder vivir. Nos miramos al espejo y sentimos un vacío. Es como si no quisiéramos ver ese rostro que se refleja.
Hay momentos en que solo respirar cuesta, pero cuando más profundo es el sentimiento de vacío, más alucinante es la comprensión del evento. Solo es inhalar profundo y ver que la realidad de la malla perceptual no es más que un conjunto de atributos y emociones adquiridas, y que se comparten segundo a segundo con infinidad de vivencias, recuerdos, aciertos y desaciertos… Entonces llega la evocación de recuerdos y la siempre grata serendipia mañanera… esa que hace que la vida valga la pena vivirla, sentirla, amarla con gratitud y severidad de un rostro condenado a ser feliz… la máxima tendencia del humano: ser heredero de vastos microsegundos de felicidad, sonrisas y alegría vital. Entonces es cuando sobreviene el agradecer combinado con nuevas ganas de continuar viviendo. Meditas, escuchas tu intuición y tomas la coladera espiritual; dejas pasar todo aquello que no te sirve y te quedas con la información apreciable.
En ese instante te das cuenta de que, si no te gusta la versión de ti que ves ante el espejo, puedes mejorarla, lavarle la cara a tu rostro gélido y sin ganas, darle perfume, que huela a fresco verdor de naturaleza selvática. Te miras, te susurras bondades y te das un espacio-tiempo para consentir el rostro con una palabra de aliento: “Qué guapa, pero qué guapa es la figura que aquí se refleja”. “Ohh, soy yo, es mi ser contenido en un recipiente de materia que puede ser moldeado por mí”. Y ahí comprendes qué bella es la vida y que la forma humana inteligible a través de los sentidos es asombrosa, activas tu capacidad de asombro y empiezas a recordar.
Le das play al casete y se disparan las memorias, y con ellas las palabras de la abuela, la voz de tu madre, de las grandes mujeres que tienen una piel tersa al cuidado de secretos milenarios, que también esparcen y comparten con sus parejas, esos hombres de cutis robusto, sólido y a veces seco del ajetreo del día… con plausibles anhelos de consentimiento para borrar la mirada triste de un largo y laborioso día.
Es ahí donde reconoces y dices: “Wow”, pues en tu mente sobrevienen las recetas de la abuela que decía: “Si te sientes mal… salta, respira, baila, ríete de ti y, sobre todas las cosas, consiéntete, date un abrazo y una palmadita en la espalda”. Paso seguido florece en ti la sonrisa que desde antaño guardabas en el anaquel de los recuerdos, y entonces te ves y el esplendor no se puede contener, eres tu en tiempo pasado; el espejo ya no es un tormento sino un vórtice de oportunidad para tener un gran día, para agradecer y, a su vez, poner en práctica los consejos de todos los abuelos sabios. Te abrochas el cinturón y llevas el verbo a la acción, y consigues llevar a la práctica las grandilocuentes fórmulas mágicas de los ancestros.
Los menjurjes de la abuela se asociaban a historias que ella contaba de las personas al otro lado del charco, gentes de otros mundos y lugares lejanos por donde se atisba el rayo de sol. En el imaginario de las oídas viajé a Oriente. Veo a los cultivadores de arroz, hombres y mujeres con la piel más tersa y delicada jamás imaginada para un agricultor, una apariencia particular, ante aquellos que sembraban y cosechaban otras especies que se preguntaban así mismos ¿qué hacen ellos que nosotros no?
Ella decía que esos testimonios viajaron por tradición oral a diferentes continentes y que los relatos fueron dejando un destello de misticismo hasta convertirse en los conjuros del cutis o Gran Secreto de la Eterna Juventud. Fue así como se conoció que la piel tersa, blanquecina y de porcelana estaba asociada al uso de esa especial gramínea, Oryza sativa, en otras denominaciones arroz, una especie legendaria que no solo había servido para conquistar la alegría del mundo a través de la culinaria exclusiva y exquisita de cientos de platillos que requerirían de este primordial grano en la preparación y presentación de deleites como la paella de España, el risotto de Italia, el sushi y el biryani de Asia, el jollof rice de África, el arroz con pollo de América, el poke bowl de Oceanía, el nasi goreng de Asia/Oceanía o el gumbo de América del Norte. Que, a su vez, bañaban las memorias de miles de cautivos cuyas emociones y recuerdos de veladas inolvidables junto a los seres queridos marcaron la pauta de historias fantásticas al deleite de una taza de granos de arroz que pueden contarse como estrellas en el firmamento y cuyo destello evoca la sensación de agradecer y dar un brindis a la vida…L'chaim (!).
En este punto, estás en plena euforia de los momentos épicos cuando miras la cómoda y te das cuenta de que tienes la crema vetusta de la tapa azul y letras blancas que dice Nivea, la cual habías visto innumerables veces y sabías que tu abuela y madre se aplicaban, pero que por alguna razón sin razón nunca has usado. Junto al tesoro cerúleo, visualizas las cápsulas de vitamina E que recientemente le pones a tus potes de crema para el cuidado de la piel y su apariencia fresca y natural. Corres a la alacena y encuentras la harina de arroz lista para usar y, ¡voilà!, coinciden los tres ingredientes esenciales de la Receta de la Abuela: harina de arroz, crema Nivea y vitamina E.
Usas el recipiente de la crema que recientemente se te ha terminado y tomas de paso la sugerencia de antaño de hacer las mixturas siempre con un mezclador de madera… entonces, manos a la obra… pero… no sé cuánto poner… cuántos gramos debo usar… y doña Duda se asoma a la puerta… ¿y si lo hago mal?, ¿y si no me sirve?, ¿y si no puedo?... y siiii… los eternos y desconsoladores “y siiii”… Entonces sacas fuerza desde donde no hay para hacer las cosas de la forma en que yo creo debe ser, y es dejar de lado el concepto científico y calculador y darle paso a la intuición, esa maga de otrora, guardiana de saberes olvidados. Y con ella de tu lado izquierdo (!) dejas volar la imaginación y surge de la mezcolanza; una fracción estilo batido de crema, helado de vainilla, pomposa y casi gustosa al paladar… Ante tus ojos, la poción es insinuadora… ¡la quieres poner ya en el rostro!, pero te detienes unos minutos… meditas en la textura suave y polvorosa… la ves… te dejas llevar por el color… es un cúmulo de copos de nieve que te lleva a los Alpes, al Mont Blanc, a los picos y cúspides más altos y blancos de la Tierra. Vuelas, llegas a la estratósfera, ves las porciones de cumulonimbos típicos de la vista por la ventana en el avión… esas bolitas de algodón en las que sin duda te tirarías como infante recién llegado a una ludoteca nueva.
La imaginación navega con esa belleza lactescente que pide a gritos ser esparcida por la piel de la cara y cuello (según la abuela)… y bueno, un ratico más… y dices: “Le falta algo”. Entonces abres la nevera y dejas allí el popurrí de la felicidad para que se impregne de la frescura de una tarde de invierno en coexistencia con la leche, el queso, los huevos, el inigualable cottage, el yogur griego y demás delicias que hacen, literal, elevar tu imaginación y hacer que tu capacidad de asombro genere una bomba de emociones que aterrizan en la pista de la felicidad…
Llega el gran momento… empiezas a esparcir la dócil y sedosa mascarilla en el cutis. Entonces dejas de ser tú y pasas a ser un hermoso mimo… tu rostro cambia; eres tú, pero no eres tú… Lo coposo de la fusión embadurna tu personalidad. Tu rostro cambia y te das cuenta de que puedes convertirte en el célebre Charles Chaplin y dar un rostro a tu rostro, y te embadurnas de felicidad mientras la mascarilla hace lo suyo…
Empero… el tiempo transcurre. Va cambiando de color; es más transparente. Se requiere de agua tibia para la danza final… Pasas los dedos suavemente por la piel, retirando los excesos de textura arenosa, y llegas al punto de la revelación… La sensación es fascinante. Sientes cómo esa joya cosmetológica te devuelve la lozanía de tu piel y te envuelves en las mieles de un rostro juvenil abrazado con los vapores del elixir cutáneo de la eterna juventud.
Sin más vanidades, agradeces y haces un brindis a la vida y todas sus maravillosas excentricidades.
¡Brindemos a la vida! ¡L'chaim!
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